
Como niños

Introducción
En Paraguay, el Día del Niño se celebra cada 16 de agosto, una fecha que también nos lleva a recordar uno de los episodios más dolorosos de nuestra historia: la Batalla de Acosta Ñu, durante la Guerra de la Triple Alianza. Muchos niños paraguayos participaron de aquella batalla y perdieron la vida. Por eso, esta fecha no solo representa celebración, sino también memoria, dolor y sacrificio.
Es interesante que, alrededor de esta fecha, podamos reflexionar sobre lo que Jesús enseñó acerca de los niños. En Mateo 18, los discípulos estaban preocupados por saber quién era el más importante en el Reino de los cielos. Ellos querían hablar de grandeza, posición y reconocimiento, pero Jesús puso a un niño en medio de ellos y les mostró una perspectiva completamente diferente.
Jesús les enseñó que en el Reino de Dios la verdadera grandeza no consiste en demostrar cuánto tenemos, cuánto sabemos o cuán importantes somos, sino en reconocer cuánto necesitamos de Dios. Ellos preguntaron cómo ser grandes, pero Jesús les mostró cómo hacerse pequeños. En el Reino de Dios, el camino hacia arriba comienza bajando.
Mateo 18:1-5 "Por ese tiempo, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: —¿Quién es el más importante en el reino del cielo? Jesús llamó a un niño pequeño y lo puso en medio de ellos. Entonces dijo: —Les digo la verdad, a menos que se aparten de sus pecados y se vuelvan como niños, nunca entrarán en el reino del cielo. Así que el que se vuelva tan humilde como este pequeño es el más importante en el reino del cielo. »Todo el que recibe de mi parte a un niño pequeño como este, me recibe a mí"
¿Qué significa ser como un niño?
Cuando Jesús nos llama a ser como niños, no está hablando de volvernos infantiles o inmaduros. Existe una gran diferencia entre ser como un niño y comportarse como un niño. Un niño puede ser caprichoso, impulsivo, egoísta, desobediente u orgulloso; :Jesús no está diciendo que abandonemos nuestra madurez, de hecho, Pablo enseña en 1 Corintios 14:20 que debemos dejar de ser niños en nuestra manera de pensar.
Entonces, ¿qué quiso decir Jesús? Mateo 18:4 nos da la respuesta: “Cualquiera que se humille como este niño, ese es el mayor en el Reino de los cielos.”
Jesús mismo explica su ilustración: Ser como un niño significa adoptar una postura de humildad, dependencia y confianza delante de Dios. No se trata de recuperar la inmadurez de un niño, sino de recuperar su dependencia.
En el Reino de Dios no entramos demostrando cuánto tenemos, sino reconociendo cuánto necesitamos de Dios.
Cuando escuchabas la frase “ser como un niño delante de Dios”, ¿qué es lo primero que pensabas?
¿Qué diferencia ves entre tener una fe sencilla como la de un niño y tener una fe inmadura?
¿Qué ideas de “grandeza” creés que solemos tener las personas, y cómo se diferencian de lo que Jesús enseña en este pasaje?
Primera verdad: Un niño sabe que necesita a alguien
Una de las características más evidentes de un niño es que sabe que necesita ayuda. Un niño puede decir fácilmente: “Papá, ayúdame”, “Mamá, tengo hambre” o “No puedo hacerlo”. No siente que pedir ayuda sea una amenaza para su identidad. Sabe que hay cosas que no puede hacer solo y busca a alguien que pueda ayudarlo.
Sin embargo, muchas veces crecer produce el efecto contrario en nosotros. Cuando somos pequeños aprendemos a depender de nuestros padres, pero al convertirnos en adultos comenzamos a pensar: “Yo puedo”, “Yo sé”, “Tengo experiencia”, “Tengo recursos”, “Puedo resolverlo”. Y, sin darnos cuenta, esa independencia también puede comenzar a afectar nuestra relación con Dios.
La verdadera madurez espiritual no consiste en necesitar menos de Dios, sino en aprender a depender más profundamente de Él.
Juan 15:5 "Ciertamente, yo soy la vid; ustedes son las ramas. Los que permanecen en mí y yo en ellos producirán mucho fruto porque, separados de mí, no pueden hacer nada."
Pensemos en un niño intentando abrir algo que no puede. Lo intenta una y otra vez: gira, tira, empuja y busca diferentes maneras. Finalmente, después de varios intentos, hace algo sencillo: “¡Papá!”. El niño quizá no sabe cómo hacerlo, pero sabe quién puede hacerlo. Esa es la dependencia que Dios quiere que recuperemos.
Tal vez hoy Dios no te está diciendo: “Necesitas saber cómo hacerlo”, pero si: “Necesitas recordar quién puede hacerlo.”
¿Qué cosas suelen hacer que una persona empiece a confiar más en sus propias capacidades que en Dios?
Segunda verdad: Un niño confía
Un niño no solamente depende de sus padres; también confía en ellos. Pensemos en un niño pequeño que sube al auto con su papá. No conoce todas las calles, no sabe exactamente hacia dónde van y probablemente ni siquiera está pensando en el camino. Mientras su padre conduce, el niño puede estar tranquilo e incluso quedarse dormido. ¿Por qué? Porque sabe quién está manejando.
La fe funciona de una manera similar. La fe no consiste en conocer todo el camino, sino en confiar en quien conoce el camino.
Proverbios 3:5-6 "Confía en el SEÑOR con todo tu corazón; no dependas de tu propio entendimiento. Busca su voluntad en todo lo que hagas, y él te mostrará cuál camino tomar."
Muchas veces queremos que Dios nos muestre todo el mapa antes de dar el primer paso. Queremos conocer el resultado, entender cada detalle y tener todas las respuestas. Pero Dios muchas veces no nos muestra el mapa completo; nos muestra el próximo paso.
Esto puede ser difícil porque queremos tener el control. Pero Dios nos invita a caminar por fe. La confianza verdadera no significa que entendemos todo lo que Dios está haciendo, sino que seguimos confiando en Él aun cuando todavía no podemos verlo con claridad.
¿Qué diferencia hay entre confiar en Dios y simplemente esperar que Dios haga lo que nosotros queremos?
Tercera verdad: Un niño recibe
Mateo 19:13-15 "Cierto día, algunos padres llevaron a sus niños a Jesús para que pusiera sus manos sobre ellos y orara por ellos. Pero los discípulos regañaron a los padres por molestar a Jesús. Pero Jesús les dijo: «Dejen que los niños vengan a mí. ¡No los detengan! Pues el reino del cielo pertenece a los que son como estos niños». Entonces les puso las manos sobre la cabeza y los bendijo antes de irse."
En Mateo 19:13-15 encontramos otra escena significativa. Algunas personas llevaron niños a Jesús, pero los discípulos intentaron impedirlo. Sin embargo, Jesús dijo: “Dejad a los niños venir a mí.” Para Jesús, aquellos niños no eran una interrupción ni algo secundario. Eran importantes.
Un niño sabe recibir. Cuando recibe un regalo, normalmente no intenta demostrar que lo merece antes de aceptarlo. Simplemente extiende las manos y lo recibe. Esa imagen nos ayuda a comprender la gracia de Dios.
El Reino de Dios no es para aquellos que creen que ya lo tienen todo resuelto, sino para quienes reconocen que necesitan recibir de Él. Esto tiene una relación directa con nuestra salvación. Efesios 2:8 enseña que somos salvos por gracia mediante la fe. La salvación no es un premio que conseguimos por nuestros méritos; es un regalo que recibimos.
No podemos acercarnos a Dios diciendo: “Mira todo lo bueno que hice”. Nos acercamos diciendo: “Dios, necesito tu gracia.” Romanos 6:23 nos recuerda que la vida eterna es un regalo de Dios en Cristo Jesús.
Dios no nos salva porque nosotros seamos suficientemente buenos. Nos salva porque Cristo es suficientemente bueno.
¿Qué cosas pueden impedirnos recibir con libertad lo que Dios quiere darnos?
¿Cómo cambia nuestra relación con Dios cuando entendemos que su gracia es un regalo y no una recompensa?
¿Por qué a veces nos cuesta más recibir la gracia de Dios que esforzarnos para sentir que la merecemos?
Cuarta verdad: Un niño se humilla
Mateo 18:4 presenta una de las grandes paradojas del Reino de Dios: “El que se humille como este niño, ese es el mayor.” Los discípulos preguntaron quién era el mayor y Jesús respondió señalando el camino de la humildad.
El mundo nos enseña a hacernos grandes, a buscar reconocimiento y a demostrar nuestra importancia. Jesús nos enseña a servir. El mundo dice: “Que todos sepan quién eres”. Jesús dice: “Busca agradar a Dios”. El mundo busca posiciones; Jesús busca corazones dispuestos a servir.
Filipenses 2:5-8 nos muestra que Jesús no solamente habló de humildad, sino que la vivió. El Rey se hizo siervo. El que merecía ser servido lavó los pies de sus discípulos. El que merecía gloria aceptó la cruz.
Si Jesús, siendo Dios, pudo humillarse y servir, entonces la humildad no nos hace menos. Al contrario, nos permite parecernos más a Él.
¿Qué significa para vos la verdadera humildad?
¿Qué aprendemos de Jesús sobre la humildad que podríamos aplicar en nuestra familia, trabajo, iglesia o comunidad?
Humildad no es inferioridad
Ser humilde no significa pensar: “Yo no valgo nada”. Esa no es la humildad bíblica. La humildad consiste en reconocer correctamente quién soy, quién es Dios y cuánto necesito de Él.
Jesús tenía plena seguridad de quién era. No necesitaba demostrar constantemente su identidad ni competir por reconocimiento. Precisamente porque sabía quién era, podía servir a otros.
Muchas veces la inseguridad nos lleva a demostrar nuestro valor. Necesitamos que otros nos reconozcan, nos feliciten o nos hagan sentir importantes. Pero cuando nuestra identidad está segura en Dios, podemos servir sin necesitar aplausos.
La persona segura en Dios no necesita demostrar que es importante; puede concentrarse en hacer lo que Dios le pidió.
¿Qué diferencia encontrás entre ser humilde y tener una baja autoestima?
¿Cómo influye nuestra identidad en Dios en la manera en que tratamos y servimos a los demás?
¿Qué puede cambiar en nuestra forma de vivir cuando dejamos de buscar constantemente la aprobación de otros?
¿En qué área dejaste de ser como niño?
Todos podemos identificar áreas en las que hemos dejado de depender de Dios. Puede ser nuestra familia, nuestro matrimonio, nuestras finanzas, nuestro servicio, nuestras decisiones, nuestro futuro o incluso alguna situación que llevamos tiempo intentando resolver.
Quizás hemos estado intentando encontrar la solución con nuestras propias fuerzas, mientras Dios nos está invitando nuevamente a confiar en Él. Tal vez la respuesta no sea esforzarnos más, sino depender más.
Hay problemas que no necesitan una versión más fuerte de nosotros; necesitan una versión más dependiente de Dios.
Podemos preguntarnos: ¿En qué área de mi vida estoy intentando controlar algo que debería entregarle a Dios?¿Dónde estoy actuando como si todo dependiera de mí? ¿Qué situación necesito volver a poner en las manos de Dios?
A veces queremos conducir el vehículo de nuestra vida mientras Dios nos invita a entregarle el volante. La dependencia comienza cuando reconocemos que no necesitamos tener el control de todo para estar seguros; necesitamos confiar en Aquel que sí tiene el control.
Conclusión
Tal vez hoy no necesitamos aprender algo completamente nuevo. Tal vez necesitamos volver a algo que alguna vez supimos hacer muy bien: confiar, pedir, recibir y depender.
Volver a orar cuando no sabemos qué hacer. Volver a pedir ayuda cuando reconocemos nuestras limitaciones. Volver a recibir la gracia de Dios en lugar de intentar ganarnos su favor. Volver a confiar cuando no entendemos el camino.
Jesús nos recuerda que la verdadera grandeza no está en cuánto podemos hacer por nosotros mismos, sino en cuánto reconocemos nuestra necesidad de Él.
No necesitamos ser grandes; necesitamos depender de un Dios grande.